miércoles, 23 de junio de 2010

25 de Junio - Día del Psicolog@ Social


A PICHON, MI MAESTRO.



Maestro: Cuando una tarde del setenta y siete, susto mudo y pie de plomo,

me anoté en su Escuela,

ya hacía varios años que nos andábamos desencontrando

y, si nuestros pasos hubieran trazado, a través del tiempo,

una línea roja y una línea azul por nuestra compartida ciudad misteriosa,

el rojo y el azul hubieran podido haberse topado varias veces

en alguna esquina,

porque andábamos buscando, uno y otro,

el inasible vínculo entre el drama de cada persona

y la esperanza de cada pueblo,

con varios años de diferencia y absurdamente distintos puntos de partida...



Usted vino del barco a la selva y de la selva a la noche,

yo del cemento a la oscuridad y de la oscuridad al sol,

usted de la bohemia y yo del orden obsesivo de los altares y las reglas,

usted de la humosa mesa de café y yo de las plazas y las multitudes,

usted del centenario y el voto cantado

y yo de la secuencia de fraudes patrióticos

y los hombres que estaban solos y esperaban dar gritos de corazón...



Pero el rojo y el azul anduvieron juntos cuatro meses

y lo vi llegar a los teóricos de primer año,

enhiesto Quijote de la Psicología Social nuestra,

peleando con la parálisis para balbucear una imagen certera

que iluminaba una frase de Oscar Bricchetto o de Gladys Adamson,

como esa vez en que nombró al ECRO

como un esqueleto que había que llevar “de la muerte a la vida”,

cubriéndolo del palpitar de músculos y sangre...



El lento avanzar de su cuerpo flaco y erguido apoyándose en el bastón,

me dijo desde abril la pulsación de la teoría y la vida,

que andaba buscando en los desiertos de la incongruencia y la disociación...



Cuando leí en sus “Conversaciones”

que la explicación profunda de los altos honorarios

que cobraban ciertos psicoanalistas era, para usted,

la simple avidez de dinero, esperé verlo,

para cerciorarme de que su indudable pobreza era la garantía

de la unidad de su sentir, su pensar y su hacer.



Aquella noche de abril en que subimos la titubeante escalera

de la Escuela de la calle Arenales,

vislumbré sus intuiciones febriles

en la madeja del organizado discurso de Ana Quiroga,

me zambullí en el familiar y turbio torbellino del grupo operativo

y, cuando cumplió setenta años, le mandé por mi coordinadora una poesía

en que le agradecía su creación desde adentro de ella misma.



Días después, en la reelaboración de aquel julio en que usted se iba a morir,

inventamos grupalmente un sueño en que, a alguien que cumplía setenta años,

se le cortaba una soga y “se retorcía como un renacuajo con un crucifijo”.



Supimos después que, en la supervisión de la crónica,

usted se había interesado por nuestro delirante sueño siniestro

y nos costó un poco dejar de sentirnos culpables,

cuando ese domingo, en el cementerio de San Isidro, oímos a Raquel Soiffer despedir para siempre, en nombre de la Asociación Psicoanalítica Argentina, al querido “loco” al que habían expulsado unos pocos años antes,

quién sabe por qué disputas de campanario...



Lo estoy viendo, al recordarlo como lo pinta Zito Lema,

“como un gallo de pelea, con el pico y las alas abiertos”,

acometiendo valientemente la noche

de esta sociedad nuestra que nos tapa el sol.



Sé que no supo e intentó saber, como todos nosotros.

Sé que estaba triste y planificó la esperanza.

Sé que gastó sus pocos pesos en comprar

cuanto libro llegara al puerto y tratara sus temas

(“Su papá sí que compraba libros”, le dijo a Joaquín

un viejo vendedor de Fausto que lo recordaba hojeando índices de todo lo que llegaba y le podía servir para sus pacientes o alumnos)

y sé también que no tragó nada sin masticarlo,

desestructurando y reestructurando todo lo que llegaba de afuera,

para reformularlo en un pensar psicológico social

americano argentino bonaerense, en una sabiduría psicosocial nuestra,

“fidedigna, como el tango, porque es lo único que no importamos

de Europa”, o de Estados Unidos o del Lejano Oriente...



Sé que no aceptó la fragmentación como un punto de llegada,

porque intentó integrarlo todo, teoría y práctica, enfermedad y salud, individuo y sociedad y sé que no se resignó a las integraciones definitivas, porque propuso volver siempre a fragmentarlo todo,

para hacerle más lugar a la vida,

sístole y diástole de una dialéctica de sangre roja,

sin coágulos de esencias sagradas, leyes invisibles del mercado

o dogmatismos revolucionarios.



Sé que, en la mesa de una pizzería, descifró la tristeza

en la cara de un mozo a quien se le había muerto la madre,

que atendió a una prostituta en la mesa de un café,

más adecuada para ella que el diván de su consultorio

y que, en una de esas noches en que no podía dormir,

escuchó los horrores de un policía

atormentado por los tormentos que había infligido a otros...



Sé que, sin dejar jamás el norte de su proyecto

del cambio social planificado por todos,

intentó incluirlo todo, comprenderlo todo,

viviente y complejo como la ciudad que amó,

abierto a todas las caras de la vida,

desgarrando continuamente las costuras de la teoría,

para que no torturaran las curvas del cuerpo de la realidad...



“Sí, Vicente, no nos engañemos...¿Sabe una cosa?: a pesar de haber transcurrido mi existencia primero en los montes y después en la ciudad, constantemente sueño con el mar,

me veo como un chico que se acerca al mar...

Y el mar se va, dejándome un gran vacío, una buena tristeza...”



Querido maestro: nosotros, los que aún seguimos viviendo, somos el mar.

Y cuando, para cada uno de nosotros, el mar se retire,

aceptaremos ese vacío y esa buena tristeza...



Sabremos que, con nuestros nombres o sin ellos, el mar nos llevará en él

si hemos nadado valientemente en sus olas,

abiertos a todo como usted lo estuvo,

creyendo, como usted, que “la muerte es menos temible,

si estamos incluidos en un proyecto que nos trasciende”.



Alejandro Simonetti. 8 de octubre de 1995.